Nuestro existir completo está compuesto por decisiones, algunas tan simples o triviales como el color de camisa que usaremos, hasta las de mayor envergadura, como la elección de una pareja de vida. Evidentemente son todas estas las que le dan forma al desenvolvimiento de nuestra vida. Aun cuándo las circunstancias de vida, aparenten ser adversas al punto de rebasarnos, siempre podemos decidir, ¡incluso podemos decidir no decidir!

Mientras que las decisiones son inevitables, desde el momento de nuestro primer respiro podemos notar que algunas favorecen más nuestro mejor interés que otras, incluso algunas pueden servir algún propósito temporal para luego aparentar obsoletas. ¿Cómo podemos estar seguros de estar encaminados hacia nuestro bien?

La primera pregunta a hacerse es, ¿qué estamos honrando cuándo elegimos un rumbo? Muchas decisiones pueden estar fundadas en miedos, apegos, ignorancia y/o la noción que tenemos de nuestra personalidad (ego). Podemos calificar estas como manipuladas y tendenciosas, al tiempo de que son capaces de ser descartadas al más mínimo cambio de circunstancias. Parecería como si estuviésemos siempre arrastrados par las eventualidades de la vida, dejándonos una sensación interna de vacío e impotencia.

Pero tal sensación no tiene por qué prevalecer en nuestro Ser. Nuestras decisiones tienen la facultad de orientarnos hacia nuestra propia dicha, esto depende de lo que estemos honrando en el acto. Sonará egoísta, pero la realidad es que estamos solos en esta búsqueda de nuestro Ser más elevado, aquel que trasciende cualquier imagen que hemos creado de nosotros, y que por ende, es la versión más pura e íntegra de nosotros mismos. Para tocarlo sólo basta sintonizarnos con las sensaciones de nuestro cuerpo, que al manifestarse nos hablan, en su lenguaje sincero, de aquello que simplemente es y que la mente ha tapado o modificado con la finalidad de servir todo aquello que anteriormente mencioné.

Puede haber resistencia hacia la sensibilización, sobre todo cuándo hemos construido creencias muy firmes para nuestra protección, pero vale la pena abrirse, por más doloroso que esto pueda parecer en un principio, ya que una vez encaminados en la auto examinación constante, el cuerpo siempre comunicará lo que el alma anhela y la mente resolverá en concordancia a ello.

Se trata de un trabajo de refinamiento continuo, pero lo interesante es que un descubrimiento siempre llevara al siguiente, al punto que, sin darnos cuenta, nuestros hábitos se estarán acomodando hacia una vida más fluida y menos forcejeadas.

Así es que, decisiones grandes o chicas, complejas o simples, siempre pueden dejarnos con la certeza de que han sido las mejores posibles de tomar. Es cuestión de discernimiento, cualidad interna que siempre ha existido en nosotros.

 

Por Miriam Hamui

miriamyoga.com

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