¿Cuántas veces te has sentido 100% seguro de lo que estás haciendo para luego encontrar que has caído en un error? Todos hemos estado ahí en algún momento pero, ¿por qué sucede?

Hoy más que nunca, tenemos en la palma de nuestra mano toda la información que necesitamos para tomar decisiones. Los medios como Google nos ofrecen mecanismos sofisticados de investigación, pero aunado a eso recibimos información extra, no solicitada, sólo por el simple hecho de que los sistemas de internet detectan en automático nuestro interés latente. Pensaríamos que poseemos los elementos necesarios para decidir con certeza, pero la realidad es que si no ejercemos el discernimiento, lo más probable es que terminemos más confundidos.

Si la confusión es tu caso, siéntete afortunado. ¿¿Por qué?? Cuándo ya no hayamos por dónde conducir nuestro pensamiento, no nos queda de otra más que mirar hacia adentro, hacia ese lugar denominado conciencia. Esta siempre está tratando de comunicarnos algo. Cuándo nos sentimos demasiado seguros de lo que estamos haciendo, se vuelve casi imposible percibir esta pequeña voz, ya que andamos demasiado inmiscuidos en los pasos necesarios para llevar a cabo nuestro plan, cualquiera que este sea. El problema es que entre más relegamos la conciencia, que se expresa a manera de sensaciones y sentimiento, tales necesidades no resueltas se van acumulando en el cuerpo y más adelante se manifiestan en dolor y/o enfermedad.

Muchas veces la comunicación de la conciencia no es placentera, ya que seguirla puede implicar derrumbar nuestras construcciones mentales previas, pero hacerlo produce una nueva visión, nos convertimos en recipiente de posibilidades, y lo mejor de todo es que las nuevas decisiones que se formulen estarán dirigidas hacia el bien común. ¿Acaso no es por ahí que se fortalecen nuestras relaciones humanas?

Si hemos sido dotados de una mente analítica, es precisamente para resolver, pero todo depende de nuestro enfoque para que el rumbo de nuestras decisiones se vuelva constructivo o destructivo. Claro está que la información que extraemos del exterior, combinado con lo que sabemos a partir de la memoria de experiencias pasadas, mas lo que intuimos, ilustran nuestra inteligencia, pero ésta debe ser depurada mediante el análisis reflexivo. La conciencia, al residir cerquita del alma, es capaz de reflejarla, y es de ahí de dónde tomamos para embeber de honestidad nuestra inteligencia. Ahí yace el corazón de la veracidad o el principio ético en yoga conocido como satya.

Sintonizar nuestros pensamientos, palabras y acciones con nuestra conciencia es absolutamente posible. Lo podemos comprobar con sólo observar a los niños pequeños: los motivos de sus acciones son puros, libres de intereses y tendencias. Así éramos y podemos ser. La sintonía con la conciencia es recuperable pero requiere de un entrenamiento personal de vida. El yoga, abordado desde su esencia filosófica, prepara al cuerpo y la mente para dicha tarea personal. Pero aún sin haberse sumergido en esta disciplina hay un motivador interno que nos mantendrá siempre explorando, a nuestra manera muy personal, y este se llama anhelo de alma.

¿Te atreves a echarte el clavado?

Por Miriam Hamui / miriamyoga.com

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